Jóvenes itinerantes en Cajamarca

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Capilla de uno de los poblados del distrito de Jesús en el departamento de Cajamarca, a 2.750 m. de altitud

Es el tercer año consecutivo que los jóvenes religiosos del teologado Santa Rita de Casia, en Lima, Perú, viven una experiencia de misión. Se trata de una visita pastoral a lugares alejados de Lima, a los que, por diferentes motivos, no llegan a atender a la población rural.

El itinerario propuesto a los jóvenes no es fácil, supone un reto. Ellos lo viven con ilusión, como parte de su compromiso evangelizador y como un elemento enriquecedor para su formación. Una vez en el lugar, tienen que caminar muchos kilómetros, pernoctar en casas gentilmente ofrecidas por algunas familias, lidiar con el sol y el mal tiempo; adaptarse a la geografía andina y a las exigencias del lugar; desconectar totalmente con su vida urbana y estudiantil, y dedicarse, a visitar a las personas y a los centros poblados.

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Wilmer, Julián y Freddy en uno de los pueblos

Para este año, el lugar escogido fue el distrito de Jesús, en el departamento de Cajamarca, uno de los más importantes de la sierra norte del Perú, situado a 2.750 m. de altitud en la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes. Hasta él se dirigieron ocho jóvenes agustinos recoletos para poner su ‘cuartel general’ en la parroquia Dulce Nombre de Jesús. Desde él se organizaron, de tal forma, que pudieran atender en dos semanas al mayor número posible de comunidades.

Los misioneros salieron, como los discípulos de Jesucristo, de dos en dos. El itinerario abarcó los “caseríos” de La Colpa, Yanamango, Huaraclla, Pomabamba, Walqui, Santa Rosa de Lacas, El Carmen y Yurarpirca. Cada pareja se encargaba de una comunidad por semana. Los ocho jóvenes vivieron emociones intensas y experiencias únicas, cada uno conforme a su estilo y personalidad. Lubín Moreno, al ser preguntado sobre ello, responde: “Es una experiencia extraordinaria. la gente es muy buena, acogedora. También fue una experiencia comunitaria que nos sirvió a nosotros los frailes, porque vivimos momentos de reencuentro y fraternidad”. Junto a ellos estuvieron tres frailes que les llevan algunos años de experiencia en la andadura misional: Wilmer, Jorge Luis y Reinaldo. Ellos hicieron de guías y de coordinadores para que todo saliera bien.

La experiencia de Augusto

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Augusto Cieza vive esta experiencia por primera vez

Augusto Cieza Uriarte, el más joven del grupo y uno de los más entusiastas, realizó esta aventura por primera vez. Él nos cuenta emocionado cómo vivió esta experiencia: “Nos hemos encontrado con numerosos hogares, familias llenas de vida, pero también con ancianos que viven solos”. Son los ancianos y su soledad los que han despertado especial admiración en el joven fraile: “Me impresiona su fe grande y su confianza siempre puesta en Dios. Un ancianito decía: “al acostarme pido a Dios que me cuide, ¡que vivo solito!”. A otro, que también vive sólo, lo encontramos leyendo la biblia y cuando nos vio dijo: “es el único librito que leo, es el libro que me da vida”.

Los religiosos visitaban a las familias de cada pueblo, casa por casa. En su labor misionera no distinguían entre católicos, evangélicos o protestantes; simplemente, realizaban una visita de esperanza y de alegría. Un anuncio del Evangelio cargado de cercanía y sencillez. Así conocieron a muchas familias, entraron en sus casas, conversaron con ellas, comieron en su mesa  y dejaron que se manifestaran tal cual son. Las familias comparten su vida, tienen dificultades, pero siguen adelante mirando el horizonte con esperanza. Sienten que hay que “batallar” para mantener su hogar, y en medio del olvido y de los problemas, descubren la dignidad, el cariño y la paz. La oración, en forma de jaculatoria, sale espontánea de sus labios.

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Reinaldo y Wilmer guiaron y coordinaron la misión

Además de realizar visitas casa por casa, también dedicaron tiempo para llegar a los colegios. Allí estaban los niños y los adolescentes en clase. Los profesores interrumpían sus lecciones para que los “itinerantes agustinos recoletos” les contaran la razón de su visita. Ellos, les ofrecían dinámicas, juegos, celebraciones litúrgicas y les invitaban a asistir con sus familias a la misa del pueblo. “En algunas comunidades nos hemos encontrado con las fiestas del pueblo, de la Patrona o con algún aniversario del colegio. Nos hemos sumado a sus actividades dando realce a la fiesta y ofrecido la celebración Eucarística”, manifiesta Augusto.

Al finalizar la primera semana de experiencia, los ocho frailes se volvieron a juntar en su “cuartel general”, la parroquia del distrito de Jesús, donde permanecieron dos días en los que intercambiaron experiencias, compartieron anécdotas y realizaron la evaluación de la labor emprendida. Asimismo, el domingo por la tarde, los diferentes grupos de catequesis, con las hermanas de San Pablo de Chartres, les dieron la bienvenida oficial y prepararon para ellos una serie de representaciones artísticas: teatro, cantos, poesías y bailes.

La segunda semana de misión

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Niños de la zona a la hora del almuerzo

El día lunes, temprano, siguió la segunda semana. Esta vez fue el turno para visitar a otras cuatro comunidades: Walqui, Santa Rosa de Lacas, el Carmen y Yurarpirca. El esquema de visita fue igual al de la primera semana. Sin embargo, se encontraron con  otra realidad: en algunas de las comunidades había un alto porcentaje de sectas y de otras religiones. No obstante, el ímpetu de los jóvenes no cesó. Así lo enfatiza Augusto: “Pero nada de esto ha detenido nuestro afán misionero, sino más bien, esto nos ha dado mayor impulso para poder acernarnos a las personas y, a algunas, ayudarles a aclarar su fe”. Las sectas son la única opción que tienen muchos, debido al abandono de parte de los agentes pastorales.

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Fray Wilmer compartiendo con una familia

Del mismo modo, destaca el testimonio de fe de algunas personas mayores. A pesar de su trabajo, sacan tiempo para celebrar su fe. “Nos hemos encontrado con personas mayores que son católicas; convencidas de su fe. Siempre han estado al cuidado de su iglesia y de las personas necesitadas. Aunque, no los encontrábamos en casa, les avisábamos  por medio de los niños, para que participarann en el rosario, la misa o en la celebración de la palabra. Algunos días procurábamos ir temprano a sus casas para charlar con la familia, antes de que vayan a su trabajo: a cultivar el campo o a pastar sus animales”, manifiesta.

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Una señora utilizando el ‘batán’

Son muchas las experiencias que han vivido estos jóvenes. Sin duda, que les cambian su modo de pensar. Augusto Cieza nos relata una que le impresionó: “Estando cerca de éstas comunidades algo queda grabado en el corazón de uno. Me encontré con una anciana que vive sola desde hace muchos años, padece un malestar en la pierna. Sin embargo, ésta no es una anciana cualquiera. Es una mujer llena de vida, de fe y de esperanza. Ella es capaz de compartir lo poco que tiene. El primer día que la visitamos, la encontramos al costado de su casa tomando sol; allí nos contó con gran entusiasmo el día de su ‘confirmación’, después nos ofreció  un platazo de “cancha” y de “sopa de trigo”. Y mientras comíamos, dijo: “hay que compartir el pan como Él (Jesús) compartió su pan”. Lo dijo muy convencida. En realidad, era lo única que tenía. Al visitarla un día después para ofrecerle algunos víveres,  ella nos dijo: “ahora no les doy nada porque no tengo,  ese día sobró mi sopa de trigo”. Luego nos recibió, con su rostro alegre y a la vez preocupado, lo que ahora nosotros le ofrecimos. Se preguntaba de dónde habíamos conseguido aquellos víveres en una comunidad tan aislada. Después bendecía y daba gracias a Dios porque tenía alimentos para unos días más.

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Parte del equipo de ‘misioneros’ en Cajamarca, después de haber vivido su experiencia

Así transcurrieron, rápidamente, once días en que los jóvenes se entregaron con ilusión a este reto misionero fuera del seminario. Una experiencia que estará presente al menos, por este curso. Pues él es parte de ser fraile agustino recoleto. El joven Augusto resume con cierta tristeza y con una gran sonrisa: “Finalmente, tuvimos que regresar a casa, cada quien con una experiencia marcada en el corazón y con la imagen de varios rostros cajamarquinos que nos han ayudado a iluminar nuestra vida de fe y de religiosos”.

El viernes veinticinco, por la tarde regresaron, a Lima, la capital del Perú, en donde tienen que continuar los estudios de teología en el Instituto Superior de Estudios Teológicos-  ISET, “Juan XXIII”. Este curso hay una razón más para aplicarse y sacar buenas calificaciones.

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Comments

  1. giuseppina says:

    Bendiciones para todos los jovenes que han sentido el llamado de Cristo y que fueron valientes en seguirlo,una oración especial para cada uno de ellos y seguir con toda valentia y con la ayuda permanente de Dios y de María Santisima. Muchas bendiciones para todos y cada uno.Dios los ama mucho y muchos feligreses los esperan con mucho amor .Bendiciones. Una amiga de la Orden Agustinos Recoletos.

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